Reglas de discernimiento de espíritus para principiantes

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Reglas de discernimiento de espíritus para principiantes

Fuente: Revista Magis

Edición: 515

Foto: Cathopic

Con sus reglas de discernimiento, san Ignacio nos quiere dar una colección de “leyes” válidas en toda ocasión y que nos ayuden para decidir si una moción es buena, para llevarla a cabo, o mala, para desecharla. También están encaminadas a proteger mi libertad de corazón

San Ignacio incluye en el texto de sus Ejercicios Espirituales (EE) dos series de reglas (entendidas como descripciones o recomendaciones) para ser aplicadas a la hora de tomar la decisión de seguir o rechazar una moción.

Nuestra palabra regla viene del latín regula, que significa vara, y también describe un principio, entendido este como la descripción de una ley universal. Con sus reglas de discernimiento, san Ignacio nos quiere dar una colección de “leyes” válidas en toda ocasión y que nos ayuden para decidir si una moción es buena, para llevarla a cabo, o mala, para desecharla. Se aplican para conocer el proyecto de vida al que Dios me invita, qué situaciones lo pueden dificultar y cuáles lo favorecen. También están encaminadas a proteger mi libertad de corazón.

El título que les da (EE 313) nos ayuda a entender su sentido: “Reglas para en alguna manera sentir y conocer las varias mociones que en el ánima se causan: las buenas para recibir y las malas para lanzar”.

Las reglas de la primera semana de Ejercicios están dirigidas a personas que inician en su camino espiritual. Dan criterios generales útiles para entender la estructura y el funcionamiento de las mociones; describen los dos estados de ánimo básicos para discernir las mociones (consolación y desolación) y dan algunas recomendaciones prácticas y universales (siempre aplicables) que pueden ayudar a quien inicia su itinerario espiritual.

San Ignacio inicia su lista de reglas de la primera semana (EE 314-315) subrayando la diferencia fundamental en la manera como actúan los espíritus opuestos en personas de diferente disposición interior (reglas 1 y 2 de primera semana). Es decir, en quienes tienen una opción fundamental por el proyecto de vida que Dios propone (“los que van de bien en mejor subiendo”) y los que, por el contrario, tienen como opción fundamental el egoísmo y la muerte (“van de pecado mortal en pecado mortal”). Ayudará acudir a nuestro artículo anterior “Para discernir las mociones”, donde encontramos el resumen esquemático de esta doctrina en la forma de una tabla.

La tercera y la cuarta reglas (EE 316 y 317) las dedica san Ignacio a describir en qué consisten la consolación y la desolación. Nuestros dos artículos previos estuvieron dedicados a desarrollar estas dos reglas, describiendo la manera como se viven la consolación y la desolación en la vida diaria, así como la forma de usar la presencia o la ausencia de estos estados de ánimo para evaluar la procedencia y la conveniencia de una moción. También profundizamos en la existencia de falsas consolaciones y desolaciones positivas, los criterios para detectarlas y la mejor manera de usar estos datos en nuestro discernimiento.

Una vez terminada la descripción de consolación y desolación, Ignacio nos aporta algunas recomendaciones prácticas para vivir de forma correcta la natural alternancia de estados de ánimo. Dado que la desolación (con su carga de desánimo, ausencia de sentido y malestar general) suele ser fuente común de malas elecciones, san Ignacio principia sus recomendaciones prácticas dándonos consejos aplicables para cuando estemos experimentando una desolación.

Particularmente importante es el consejo que nos brinda en su siguiente regla (la quinta, EE 318), donde recomienda que en tiempo de desolación nunca hagamos mudanza. Es decir, que tengamos cuidado de dejarnos llevar por esa situación de malestar, de manera que de forma abrupta y poco discernida abandonemos las decisiones o los compromisos en los que nos encontramos, pensando que eso remediará el malestar que vivimos. Nos sugiere que lo mejor que podemos hacer en desolación es mantenernos en las decisiones que hicimos cuando estábamos en consolación y esperar a que la tormenta interior amaine para ver si es pertinente hacer cambios.

Esta regla subraya que en la consolación es más probable que nos esté guiando y aconsejando el Buen Espíritu, en tanto que en la desolación lo hace el malo “con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar”.

En su siguiente regla (la sexta, EE 319) nos invita más bien a luchar de manera activa contra la desolación y nos da algunas herramientas que nos pueden servir para este fin: instar más en la oración, en la meditación y en recuperar la historia del desarrollo de la desolación para entender sus orígenes (cuando empezó, en qué circunstancias estaba yo; ver si llegó acompañada de un discurso tóxico de minusvaloración, preocupación o sinsentido). Todos estos elementos sirven no sólo para no dejarse arrastrar por un malestar pasajero, sino también para aprender de nosotros mismos y ser más cuidadosos en no repetir las circunstancias que facilitaron que la desolación se instalara en nuestro ánimo.

La séptima regla (EE 320) nos recuerda que en estas circunstancias difíciles no estamos solos. Es fundamental acudir, hacer referencia al Señor para pedirle poder salir de la mejor manera de la desolación, de forma que la experiencia de prueba nos ayude a madurar espiritualmente y nos capacite para entender y acompañar a otras personas que atraviesen por circunstancias similares. Es una escuela para entender, experimentar y habitar la máxima de que “el amor de Dios basta”.

La octava regla (EE 321) es una invitación a cultivar la paciencia, entendida como confianza esperanzada, cuando estamos atravesando una desolación. Nos invita a pensar en que estos estados de ánimo son temporales y que, así como llegaron, finalmente se irán.

En la novena regla (EE 322) se describen las tres causas principales por las que nos viene una desolación de parte de Dios, como una ayuda para enderezar nuestro camino de crecimiento espiritual. Estas las desarrollamos ampliamente en nuestro artículo sobre la desolación y les invitamos a consultarlas.

La décima y la undécima reglas (EE 323, 324) nos invitan a actuar siempre pensando en el futuro de nuestro itinerario hacia la comunión con Dios. Si estoy consolado, prepararme internamente, haciéndome plenamente consciente de la manera como Dios se hace presente llenándome de amor y alegría, de forma que esta experiencia concreta me sostenga en los momentos en los que la presencia de Dios parece disiparse. Asimismo, ejercitarse en las virtudes que ayudan a que el estado de ánimo prevaleciente se convierta en oportunidad de crecimiento y superación espiritual: si estoy consolado, cultivar la humildad y la referencia de todo lo bueno a su fuente, que es el Dios Amor; si estoy desolado, recordar que Dios siempre está cercano, aunque no lo sienta, y que nunca nos probará (entendida la prueba en cuanto a ejercicio para crecer y madurar) más allá de nuestras fuerzas. Su gracia siempre basta.

Al final de las reglas de la primera semana, san Ignacio presenta tres descripciones de la estrategia que el mal espíritu usa para engañar a quienes quieren seguir al Señor. Detalla tres astucias que usa para vencernos:

La primera estrategia del mal espíritu (EE 325) es hacernos creer que es más fuerte que nosotros, que estamos a merced de lo que nos impone. Como antídoto, san Ignacio nos dice que el mal espíritu es débil por naturaleza y que la fortaleza se la damos nosotros cuando nos dejamos asustar por sus pretensiones. De ahí la importancia de cultivar la actitud de ponerle un alto a sus trampas en el mismo momento en que nos demos cuenta de que nos está llevando por un camino destructivo. San Ignacio nos invita, así, a “poner mucho rostro contra las tentaciones del enemigo haciendo el opposito per diametrum”, es decir, optando por hacer exactamente lo contrario a lo que nos está invitando esa tentación. Esto sin olvidar que es preciso hacer este ejercicio de fortalecimiento de la voluntad y libertad en referencia permanente a Dios. Es el Señor quien nos sostiene. Su amor nos basta.

En su decimotercera regla (EE 326), san Ignacio trae a nuestra ayuda una práctica muy antigua del acompañamiento espiritual: evitar los secretos. Practicar de manera consciente, prudente y constante la “manifestación del pensamiento”. Esto es, tener un espacio (puede ser en el acompañamiento espiritual, en la comunidad de fe, en el grupo de discernimiento) donde seamos totalmente transparentes, en el que podamos comunicar con sinceridad las cosas que nos preocupan y nos quitan la paz. La práctica centenaria del cultivo del espíritu nos muestra que cuando una moción (ya sea que nos entusiasme o que nos moleste o preocupe) es del mal espíritu, pierde su fuerza en el momento en que la ponemos en común; cuando la comunicamos al acompañante espiritual o al grupo de fe. Esta pérdida de fuerza es un signo claro de que la moción no es buena y que más bien hay de desecharla.

Finalmente, la decimocuarta regla (EE 327) nos enseña que el mal espíritu (y toda presencia enemiga de nuestra felicidad) estudia y aprovecha nuestros puntos débiles para hacernos daño. Lo compara con la manera en que un jefe militar que quiere tomar un castillo lo primero que hace es tratar de conocerlo a fondo, para ver dónde es más vulnerable, de manera que su ataque sea más eficaz. Así también el mal espíritu, y quienes actúan como él, se preocupan por conocer nuestros puntos más débiles para atacarnos por ellos. La invitación, por tanto, es a hacernos conscientes por nuestra propia experiencia de cuáles son nuestras debilidades de carácter para procurar contrarrestarlas y evitar las circunstancias que nos dejen más expuestos a ser atacados por ellas.

Las reglas de discernimiento tienen como objetivo dar referencias útiles y comprobadas para poder ubicarnos de forma correcta en las situaciones que se nos van presentando en la vida, para poder distinguir con más claridad qué nos conviene decidir (porque viene de Dios o cuenta con su aprobación) y qué es lo que nos conviene rechazar porque terminará haciéndonos daño (dado que no viene de Dios y tiene su origen no en el amor solidario, sino en tendencias egocéntricas).

Lee el artículo en la Revista Magis

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